Ayer fue uno de esos días en los que la vida te invita a descubrir algo, aparentemente insustancial, pero con gran sustancia para la alforja vital (esa que se llena de experiencias, las gratas y las no tan gratas, que al fin y al cabo, son las que más enseñan).
El día de ayer (lunes), ese destino disfrazado de circunstancia accidental me condujo y recondujo a vagar por el barco que me conducía a Tenerife (en donde pretendo ejercer una especie de exilio emocional y algo así como un inventario de vivencias y épocas). En el barco, donde decidí ir solo a dar un paseo por la cubierta y bañarme con la brisa mientras escuchara el rumor marino y apreciara la silueta lejana de la isla del volcán, me tope con un preso que se encontraba de permiso y regresaba ese mismo día a “Tenerife2” (centro penitenciario). Sin sentir las barreras del contacto social tan presente en los primeros encuentros, comenzamos a hablar, como si fuésemos hermanos, tal vez unido por heridas o, simplemente, por ser compañeros de una misma visión de vida.
El caso es que descubrí algo importante, otro tipo de poetas. No aquellos como un servidor que se abraza a la pluma y que explota debido a la intensidad de las emociones y cuyas salpicaduras cobran forma de versos, siendo la sangre pura y fervorosa poesía. Descubrí a los poetas nocturnos, aquellos que no se abrazan a la pluma pero sí a la vida, los que no explotan porque atrapan el dolor con sus puños, quedándose la intensidad emocional vagando por sus cuerpos como licores de antaño y que portan un gran contenido de heridas no cerradas. Escucharle hablar de cicatrices no curadas, de la injusticia que cobra forma de bota y oprimía su cuello era mágico, pero lo realmente bello, fue ver como sus ojos miraban a la luna, parecía como si fuese su primera luna, la mirada que le dedicaba al mar, como si fuese la primera vez que sus ojos lo registrasen…con esa esencia de niño escondida en su avejentado cuerpo de hombre.
Es curioso, parece que el ser humano tiene que vivir el dolor y experiencias castrantes para “darse cuenta” de la belleza de esta existencia, como si solo a través de la experiencia traumática supiésemos apreciar ciertas cosas…el destino me cruzó a este hombre, para que al comparar heridas, me riese un poco de la mía (aunque sea a media asta –como suelo decir-); también me enseñó a apreciar a esos poetas nocturnos, cuya vivencia tortuosa es como un cuadro de Miró, sin forma, pero precisamente bello por esa informidad y desorden, así como la carencia de forma lírica o artística. Cada vida es un lienzo, qué grande saber apreciarlos.
Al final de la charla (con la alforja abarrotada de importante aprendizaje), donde nos regalamos un poco de ambas vidas, estrechamos en gesto amistoso las manos y le solté un: Compay, ¡ánimo! que solo te quedan dos años para salir, luego te podrás beber este mar a lentos sorbos, mirar a esa luna y dedicarle tus mejores palabras, aunque sepas que no te oye y, cumplir esos sueños que transitan a medio camino entre la potencia y el acto. ¡Fuerza!
David Fajardo
El día de ayer (lunes), ese destino disfrazado de circunstancia accidental me condujo y recondujo a vagar por el barco que me conducía a Tenerife (en donde pretendo ejercer una especie de exilio emocional y algo así como un inventario de vivencias y épocas). En el barco, donde decidí ir solo a dar un paseo por la cubierta y bañarme con la brisa mientras escuchara el rumor marino y apreciara la silueta lejana de la isla del volcán, me tope con un preso que se encontraba de permiso y regresaba ese mismo día a “Tenerife2” (centro penitenciario). Sin sentir las barreras del contacto social tan presente en los primeros encuentros, comenzamos a hablar, como si fuésemos hermanos, tal vez unido por heridas o, simplemente, por ser compañeros de una misma visión de vida.
El caso es que descubrí algo importante, otro tipo de poetas. No aquellos como un servidor que se abraza a la pluma y que explota debido a la intensidad de las emociones y cuyas salpicaduras cobran forma de versos, siendo la sangre pura y fervorosa poesía. Descubrí a los poetas nocturnos, aquellos que no se abrazan a la pluma pero sí a la vida, los que no explotan porque atrapan el dolor con sus puños, quedándose la intensidad emocional vagando por sus cuerpos como licores de antaño y que portan un gran contenido de heridas no cerradas. Escucharle hablar de cicatrices no curadas, de la injusticia que cobra forma de bota y oprimía su cuello era mágico, pero lo realmente bello, fue ver como sus ojos miraban a la luna, parecía como si fuese su primera luna, la mirada que le dedicaba al mar, como si fuese la primera vez que sus ojos lo registrasen…con esa esencia de niño escondida en su avejentado cuerpo de hombre.
Es curioso, parece que el ser humano tiene que vivir el dolor y experiencias castrantes para “darse cuenta” de la belleza de esta existencia, como si solo a través de la experiencia traumática supiésemos apreciar ciertas cosas…el destino me cruzó a este hombre, para que al comparar heridas, me riese un poco de la mía (aunque sea a media asta –como suelo decir-); también me enseñó a apreciar a esos poetas nocturnos, cuya vivencia tortuosa es como un cuadro de Miró, sin forma, pero precisamente bello por esa informidad y desorden, así como la carencia de forma lírica o artística. Cada vida es un lienzo, qué grande saber apreciarlos.
Al final de la charla (con la alforja abarrotada de importante aprendizaje), donde nos regalamos un poco de ambas vidas, estrechamos en gesto amistoso las manos y le solté un: Compay, ¡ánimo! que solo te quedan dos años para salir, luego te podrás beber este mar a lentos sorbos, mirar a esa luna y dedicarle tus mejores palabras, aunque sepas que no te oye y, cumplir esos sueños que transitan a medio camino entre la potencia y el acto. ¡Fuerza!
David Fajardo


